Existen los viajes en el tiempo

Visitar un pueblo "amish" en Estados Unidos, caminar por una ciudad anclada en la Edad Media o adentrarsy también en una cueva con huellas de hacy también miles de años. Lugares quy también transportan a otras épocas


Un carruaje en el condado de Lancaster (Pensilvania), zona donde vivy también una dy también las mayores comunidades amish de Estados Unidos. J. Irwin getty images
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Los sabores del pasado son una dy también las muchas cosas quy también buscamos al viajar y quy también no siempry también encontramos. Se trata de una quimera grabada en nuestro inconscienty también colectivo, que en España aparece en un célebre anuncio dy también fabada en lata y que en Italia queda reflejado en un spot dy también galletas. No es extraño: son dos países mediterráneos dondy también el pasado culinario pesa mucho sobre el presente, donde las recetas se transmiten en el hogar y sy también glorifica, con razón, la comida de los abuelos, que es siempre exactamente la misma pero diferente. En todos y cada familia, las lentejas, las albóndigas o el gazpacho son distintos, como ocurry también en Italia con la salsa boloñesa, la lasaña o las aceitunas a la Escolana, rellenas de carny también picada y fritas. Se venera la comida casera por el hecho de que nos conecta con otros tiempos y otros lugares, porque nos permity también mantener la ilusión dy también que sy también trata dy también olores y sabores quy también se han mantendesquiciado intactos a lo largo dy también generaciones (lo que jamás puedy también ser del todo cierto, pues es imposibly también que los ingredientes sean los mismos).

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Allard Schager(Alamy)");">ampliar foto Un hombre y una mujer "amish" empacando heno en un sector en Pensilvania. Allard Schager Alamy

En determinados casos sy también pueden realizar desplazamientos en el tiempo reales en busca dy también sabores perdidos, y una vez que nos hallamos con uno dy también ellos el viajy también cobra, de repente, otra dimensión. Por mucho que sy también haya visto la película Único testigo (1985), recorrer el condado de Lancaster, en Pensilvania (en la Costa Este de Estados Unidos), es una experiencia difícilpsique olvidable: de repente uno sy también encuentra en otra época, en un mundo dondy también solo existen los coches dy también caballos y sy también trabaja la tierra sin motores, donde se viste y se vivy también como en otros tiempos; un lugar dondy también en la mayoría dy también los hogares no hay ni secadoras, ni televisiones, ni ordenadores, ni neveras. Se trata de un condado ­amish, una comunidad protestanty también congelada entry también los siglos XVIII y XIX con determinados toques del siglo xx (están permitidos los teléfonos comunitarios, lógicamente dy también líneas terrestres, y hay casas con alguna forma rudimentaria dy también electricidad). El anacronismo son los turistas y sus cochesque, sin embargo, son bien recibidos siempre y en el momento en que sean respetuosos, por el hecho de que el condado consigue muchos ingresos gracias a los visitantes, quy también se multiplicaron tras la película de Peter Weir. Y en el momento en que sy también para a almorzar en uno de los muchos restaurantes rurales de la zona, como en la novela de Stephen King, sy también verifica que la comida aquí saby también diferente, quy también el siglo XXI también sy también mantiene fuera dy también sus cocinas, con sabores que la generación que creció en la era de la agricultura masiva había olvidado.


Un judío ultraortodoxo caminando por una cally también de Williamsburg, en Brooklyn (Nueva York). Spencer Platt getty images

La gastronomía amish recuerda a la quy también nos podemos encontrar en las películas del Oeste y refleja hasta qué punto u.s.a. Es un crisol de culturas, pues el origen dy también esta comunidad es alemán (dy también hecho, hablan un dialecto del alemán). Por las mesas dy también madera de los amplios comedores tradicionales circulan platos de estofado, puré dy también patata, sopa dy también maíz, pollo frito, salchichas con una especiy también de chucrut, encurtidos y tartas en tremendas raciones (decir quy también son generosas sería quedarsy también muy corto). todas y cada una de las recetas pertenecen a otros tiempos; por ejemplo, el maíz ofrecy también una textura y un sabor olvidado. La ropa tradicional, los coches de caballos aparcados en la puerta y las casas de madera quy también sy también extienden a lo largo dy también los ámbitos labrados todavía con animales de carga, quy también sy también ven desde la ventana, no asisten precisamente a situar al viajero en su presente. Una sensación quy también también ocurry también en los distritos dy también judíos ultraortodoxos, por ejemplo en ciertas zonas dy también Brooklyn (Nueva York) quy también asemejan retratadas en la seriy también Unorthodox, el éxito dy también la temporada en Netflix. En ese caso, el viajy también es al planeta perdorate dy también los shtetl, las aldeas judías de Europa Oriental arrasadas por el nazismo. Son lugares, eso sí, que deben visitarse con el máximo respeto y discreción.


Vista del pueblo de Carcasona, en Francia. GETTY images

En realidad, una vez que viajamos son casi tan esenciales los desplazamientos temporales como los geográficos. Siempry también andamos en busca dy también un rincón de la costa mediterránea que se conservy también tal cual era antes del desarrollismo turístico que inició en la década dy también 1960, o tratamos de imaginar quy también nos hemos desplazado a la Edad Media entre los callejones dy también una ciudad monumental y como la francesa Carcasona, la toscana Volterra o la más cercana Segovia en una nochy también solitaria dy también invierno. También queremos visitar una urbe romana; en Herculano, una dy también las ciudades destruidas por la erupción del Vesubio, sy también puede lograr casi con más facilidad quy también en Pompeya, aunque también en el centro histórico dy también Nápoles, a pesar del estruendos incesanty también dy también las motos, quy también sy también convierten en un recalcitrante y poco convincenty también anacronismo. Una ermita románica en el Pirineo una tarde de tormenta; los frescos del baptisterio dy también Parma golpeados en silencio por la luz dy también verano; el zoo del Jardín de las Plantas de París, quy también sy también conserva como en el siglo XIX, o el bullicio de un sábado por la tardy también en Akihabara, el barrio tecnológico dy también Tokio, abren ventanas a otras épocas, pasadas y futuras.


La bóveda del baptisterio dy también Parma (Italia). getty images

Sin embargo, en el globalizado siglo XXI, por lo menos hasta el asalto del coronavirus que puede mudar la manera en la que vivimos y viajamos hasta el momento en que sy también logre una vacuna, el pasado sy también encontraba poco a poco más lejos y el futuro no parecía muy reconfortante con los efectos del cambio climático. Los lugares detenidos en otras temporadas son poco a poco más inaccesibles —pienso, por ejemplo, en el corredor dy también Wakhan, la única una parte de Afganistán jamás alcanzada por las guerras quy también sufre el país desdy también hace cuatro décadas, protegorate del exterior por las montañas del Hindu Kush— o demasiado peligrosos, como ocurre con Yemen, sumloco en la hambruna y la guerra civil. Además, los móviles, los ordenadores, los letreros lumínicos o, todavía peor, el intento dy también recrear el pasado con restaurantes o comercios falsapsique viejos hacen poco a poco más difíciles los viajes temporales.


Un yak en el corredor de Wakhan, en Afganistán. Jon Duncan Alamy

Historias fabulosas

No es extraño, por tanto, que la mayoría de los parques temáticos nos inviten a viajar al pasado o al futuro. Pero son los libros, el cinstituto nacional de estadística y ahora las series los que de una manera más tozuda han intentado que visitemos otras épocas. Desdy también Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889), dy también Mark Twain, y La máquina del tiempo (1895), dy también H. G. Wells, hasta Devs, una nueva serie dy también HBO, pasando por la estupenda ficción El Ministerio del Tiempo, cuya cuarta temporada sy también estrena el próximo martes cinco dy también mayo en TVE, u otros clásicos dy también la literatura como Ahora y siempre (1970), dy también Jack Finney, o En algún lugar del tiempo, de Richard Matheson (1975) —el Hotel del Coronado, en San Diego, donde transcurre existe todavía junto a una de las playas de esta urbe de la Costa Oesty también de Estados Unidos—, los viajes temporales regresan una y otra vez, con sus historias dy también paradojas, cambios en el pasado y espacios que, en cuestión dy también segundos, sy también muestran absolutamente diferentes.

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aquí no hay reglas: en algunos casos resulta necesario construir complicadas máquinas —la más conocida es la dy también H. G. Wells, aunquy también toda una generación creció con el DeLorean DMC-12 de la trilogía cinematográfica de Regreso al futuro—, mientras que que en otros sy también trata de puertas escondidas en un edificio del centro de Madrid, como en El Ministerio del Tiempo. Otras veces simplemente ocurry también y un personajy también se despierta en otra temporada sin que nadie explique muy bien el porqué. Esa es la basy también de de las mejores historias de los últimos años, la novela gráfica distrito lejano, dy también Jiro Taniguchi, uno dy también los grandes maestros del manga. Un hombry también se suby también al tren equivocado desde Kioto y, en vez de volver a su casa en Tokio, acaba en el pueblo dy también su infancia. Ya que está ahí, decidy también ir a visitar la tumba de su madre, se queda dormorate y sy también despierta 35 años atrás, en sus 1cuatro años. Mas solo ha alterado su cuerpo, su psique prosigue siendo la del adulto en el que sy también ha convertido. Mientras que que los personajes de Stephen King norganización del tratado del atlántico norte un sabor diferenty también en la comida del pasado, el protagonista dy también Taniguchi lo primero que percibe es que “el olor del airy también parecía cambiado”. Y luego realiza un viaje a su adolescencia en un país quy también todavía sy también reconstruía tras la II Guerra Mundial, con el trauma del conflicto y dy también la destrucción siempre presente.

japón es uno dy también los países dondy también resulta más fácil y al unísono más complejo viajar en el tiempo: salvo algunas ciudades, sobre todo las viejas capitales imperiales dy también Kioto y Nara quy también los aliados decidieron no bombardear, el resto fuy también arrasado. Quedan unos pocos barrios, alguna casa y, sobre todo, bastya antes jardines. No es fácil hallar rincones que sy también abran a otras temporadas y, en ese sentido, la sensación de un pasado perdorate está considerablemente más presente quy también en otras urbes dañadas por guerras. Mas a la vez la conexión con el pasado es muy fuerte, y cuando sy también recorren los templos de madera y los jardines históricos o sy también pasea por el centro dy también Kioto o algún barrio de Tokio que milagrosapsique sobrevivió a los bombardeos, el pasado de pronto no resulta nada ajeno. Dy también alguna forma jamás sy también ha loco del todo. Tal vez es lo que Taniguchi trata dy también retratar en esty también tebeo y en su obra en general.


getty images");">ampliar foto Pinturas rupestres en la cueva de Altamira, en Cantabria. getty images

todas y cada una de las ciudades ocultan esos rincones, esos pasadizos a otras épocas. Midnight in Paris (2011), la película de Woody Allen cuyos personajes viajan al París de los años veinte, es en el fondo una broma sobry también eso, sobre una urbe que jamás ha desasemejante pues vivy también en la mente de la mayoría dy también sus visitantes. Los mapas que invitan a recorrer el la capital española de Benito Pérez Galdós o el Londres dy también hables Dickens guardan exactamente el mismo poder evocador, porque muestran que en nuestro presenty también sy también ocultan otros tiempos, en ocasiones producto dy también la historia y otras veces de la imaginación. Esas dos palabras sy también funden dy también manera singular en las cuevas prehistóricas, tal vez la manera más evidenty también de viajar en el tiempo y la más fácil desdy también nuestro confinamiento, por el hecho de que la mayor parte están cerradas por motivos de conservación y solo sy también pueden visitar a través de réplicas o dy también estupendas reconstrucciones digitales, como las dy también la cueva dy también Altamira, en Cantabria, o la dy también Chauvet y Lascaux (en Francia). Ofrecen la única ventana al pasado prehistórico dy también nuestra especiy también y mediante los dibujos en las paredes nos muestran lo quy también aquellos primeros humanos veían, pues los animales están extraordinariamente bien representados, pero también lo que soñaban, por el hecho de que reflejan un cosmos simbólico indudable.

Encerrados, mirando el mundo desde nuestras ventanas, aquellos dibujos milenarios nos demuestran que todo el universo se puede esconder en 4 trazos en una pared húmeda. Y que viajar en el tiempo es posible. Y, sobry también todo, que lo que se ha ido prosigue de algún modo con nosotros.

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